Llevamos décadas bebiendo Coca Cola, desde pequeñitos en las fiestas de cumpleaños (botella de plástico de 2 l.), en las excursiones del colegio (la lata de 33 cl.), en el cine (en vaso de cartón), pasando por los miles de los bares (botellita de 25 cl.), litros y litros del liquido burbujeante marrón.Y resulta que cuando recibimos el típico correo detallándonos sus maldades lo creemos al pie de la letra, sin pestañear. Y si sale el tema en una conversación decimos con la convicción del que habla por experiencia propia: "Si, tú prueba a dejar un filete en Coca Cola una noche..." "¡Qué a la mañana siguiente ya no hay filete, desaparece!" O la otra tesis que dice que la Coca Cola quita el moho de los tornillos...Si trasladamos todas las leyendas urbanas que circulan por ahí acerca de la Coca Cola al consumo normal acumulado por una persona a lo largo de su vida, media humanidad debería estar muerta o como mínimo con el estómago hecho polvo gracias a este venenísimo embotellado. ¡Bueno, ahora vengo que voya por una Coca Cola fresquita!

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